La maquina de asesinar

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En aquel momento se produjo gran ruido en la escalera. Bajaban los clientes ingleses de la señora Mucho interpelándose con la mayor alegría, soltando risas forzadas, bromas y roncas exclamaciones en una lengua que no comprendían ni el relojero ni Jaime… Desembocaron y atravesaron la planta baja, los ojos brillantes, la cara tostada por el alcohol, fumando enormes cigarros y tiesos como un huso, sin doblar las rodillas, al caminar, en un equilibrio correctísimo y que demuestra en quienes lo mantienen el convencimiento de que cualquier choque, cualquier gesto, pudiera desequilibrarles…

La señora Muche, a la que acababan de pagar la cuenta, les seguía dándoles interminablemente gracias y con una admiración sin límites…

—¡Parece mentira que puedan resistir tanto! —exclamó cuando desaparecieron—. Me parece que no profesan la ley seca… ¡No han dejado ni gota!… Pero la verdad es que pagan regiamente… Y pueden, porque todos parecen millonarios… Son lores y sires, como ya he dicho… ¡Hasta hay uno que, por lo visto, ha sido rey de la India!… El más chocante es lord Backfield… Creo que ha sido embajador en Persia… Pero ¡qué manera de beber todos!… Son bien distintos del huésped que no bebía nada… ¿Por qué querría que se le sirviese en el reservado?…


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