La maquina de asesinar
La maquina de asesinar —¿A quién se refiere usted? —inquirió inmediatamente Jaime Cotentin cambiando una mirada, ya llena de ansiedad, con el relojero.
—A un caballero que se hospedó aquà hace cinco dÃas… Al principio estaba mudo…
—¡Oh!…
No podrÃamos expresar lo que habÃa en aquel «¡oh!» que salió simultáneamente de los labios de los dos viajeros. Nos limitaremos a compararlo con el estertor de un agonizante…
—Era una persona digna de lástima… Fijándose en él, se le notaba que tenÃa una serie de tics… Caminaba como si bailase… Siempre parecÃa a punto de volar… No era antipático, sino más bien gracioso… ParecÃa tener la ligereza de un pájaro… Creo que se trataba de alguna enfermedad… ¡Hay muchas personas que tienen dificultades para mover la pierna!… Pero él parecÃa más pronto para reprimir sus movimientos, como si temiera no poderse detener… Seguramente era un mutilado de la guerra a quien habÃan reformado parcialmente… ¿SerÃa efecto de los gases? ¿SerÃa efecto de alguna explosión?… Lo que parecÃa bien claro era que no podÃa hablar por faltarle la barbilla…
—¿Lo faltaba la barbilla? —balbuceó Jaime.