La maquina de asesinar

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—Llevaba una postiza… Y no estaba mal, aunque la parte baja de la cara apenas se movía… Lo que tenía magnífico eran los ojos, tan dulces y tan tristes… Mirándolos había que llorar… o enamorarse… Era muy guapo, a pesar de su aspecto miserable…

—¿Miserable? —masculló el relojero.

—Miserable, lastimoso… Cuando uno no tiene la cara completa, siempre da lástima, aunque se la hayan arreglado muy bien. ¡Tiene una cara de estatua!… Pero estar mudo ¡no es nada agradable!… Se hacía comprender por señas o por breves frases escritas en un papelito… Pero no es que le faltase dinero, ¿eh?… ¡Comía bien, comía bien!… Beber, eso sí, no bebía… Es más: aunque decía que bebía agua, siempre tenía la botella llena… Solicitó ser servido en el reservado, cosa que yo atribuí al deseo de que no le vieran comer con la barbilla artificial… Por cierto que tenía un apetito feroz… ¡No despreciaba nada!… ¡Si se comía hasta los huesos de pollo!… Ni más ni menos que si comiese con una mandíbula de hierro… A no ser que guardase los huesos para algún perro… A lo mejor tenía un animal en casa para consolarse…

—¿Vino aquí solo?…

—Completamente.

—¿Dormía aquí?


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