La maquina de asesinar
La maquina de asesinar —No… TendrÃa alquilado algo junto al rÃo, al otro lado de «Las Dos Palomas». Me parece que vivirá solo como un hongo, asqueado de encontrase asà en plena juventud… La última vez que le vi no parecÃa muy contento… ¿Qué le habrÃa sucedido?… Sus ojos, antes tan agradables, se habÃan vuelto muy antipáticos… Se le oÃa caminar por el reservado dando golpes a la pared… ¡Hasta rompió la botella!… Entonces entró y le pregunté qué le ocurrÃa, pues aunque estaba mudo, no estaba sordo…
No me contestó… Se limitó a mirarme… Sus ojos eran otra vez tristes y dulces; creà que iba a llorar… Pero no creo que llore mucho… Luego de pagarme, se marchó… Ya no lo he vuelto a ver. Era el dÃa antes de descubrirse el cadáver de la pobre Mariette…
A la policÃa se lo dije cuando vino. He dado cuantos informes he podido sobre él, asà como sobre todos cuantos han pagado por aquà en las últimas semanas… La policÃa le ha buscado, pero no le ha encontrado, por lo visto, ya que no me he enterado… Habrá huido. ¡Un hombre como él no puede encontrarse bien en ninguna parte!…
—¿Cómo iba vestido? —preguntó Jaime con la voz apagada.