La maquina de asesinar
La maquina de asesinar —Como todo el mundo. De chaqueta y gabán, que, por cierto, no le sentaban del todo bien. Le sobraban por la espalda. Pero al parecer, aquello, como todo lo demás, le importaba un bledo…
Cinco minutos después, el relojero y su sobrino estaban en la carretera.
—¡Es él! —gimió Norbert apoyándose en Jaime—. Como un asesino, como lo que es, ha vuelto al teatro de sus crÃmenes. Les puede. ¡Solamente continúa él! Y Cristina no le acompaña.
—¡Cristina vive! —murmuró Jaime.
—¿Qué sabes tú?
—Sólo iba a esa posada a buscar la comida para ella, ya que la comida desaparecÃa… ¿Qué iba a hacer, si no, con esos alimentos?…
—Tienes razón —masculló el relojero—. Pero ¿dónde tendrÃa a Cristina?
—Quizá en el mismo sitio que ahora…