El monje
El monje —¡Virgen Santa! —exclamó la vieja en tono de contrariedad, mientras lanzaba una mirada interrogativa a su alrededor—. ¡Virgen Santa! ¡Qué calor! ¡Qué gentÃo! Me pregunto a qué se deberá todo esto. Creo que debemos regresar: no hay ni una silla, y no parece que haya ninguna persona amable dispuesta a cedernos la suya.
Esta descarada indirecta atrajo la atención de dos caballeros que ocupaban sendos taburetes a la derecha y apoyaban la espalda contra la séptima columna a partir del púlpito. Los dos eran jóvenes e iban ricamente vestidos. Al oÃr esta apelación a su cortesÃa hecha por una voz femenina, interrumpieron su conversación para mirar a la que habÃa hablado. Ésta se habÃa apartado el velo para otear mejor en torno suyo. TenÃa el pelo rojizo y era bizca. Los caballeros se volvieron otra vez y reanudaron la charla.
—¡Por favor! —exclamó la compañera de la vieja—; ¡por favor, Leonela, regresemos a casa inmediatamente; hace demasiado calor, y me horroriza tanta gente!
Estas palabras fueron pronunciadas en un tono de inmensa dulzura. Los caballeros interrumpieron de nuevo su charla, pero esta vez no se contentaron con mirar: se enderezaron ostensiblemente en sus asientos y se volvieron hacia la que habÃa hablado.