El monje
El monje La voz provenía de una dama cuya figura delicada y elegante inspiró a los jóvenes la más viva curiosidad por ver qué rostro tenía. No pudieron satisfacerla. Un tupido velo ocultaba su semblante. Pero la pugna con la muchedumbre se lo había ladeado lo bastante como para dejar al descubierto un cuello que por su simetría y belleza podía rivalizar con el de la Venus de Médicis. Era de la más deslumbrante blancura, realzada por el encanto adicional de las ondas de largo y rubio cabello que descendía sinuoso hasta la cintura. De estatura más bien por debajo de la media, su figura era grácil y etérea como la de una ninfa. Tenía el pecho cuidadosamente velado. Su vestido era blanco, sujeto por un ceñidor azul, y permitía asomar un piececillo de las más delicadas proporciones. Un rosario de gruesas cuentas colgaba de su brazo, y ocultaba su rostro bajo un velo de tupido y negro cendal. Tal era la dama, a quien el más joven de los caballeros ofreció al punto su asiento, mientras el otro creyó necesario brindar la misma atención a la acompañante.