El monje
El monje Despuntó el día. Cansado, abrumado y exhausto por estos sueños provocativos, no se sintió con ánimos de abandonar la cama. Se excusó de asistir a los maitines. Era la primera vez en su vida que faltaba. Se levantó tarde. En todo el día no tuvo ocasión de hablar con Matilde sin testigos. Su celda estaba constantemente llena de monjes deseosos de expresarle su preocupación por su salud; y aún andaba ocupado en recibir sus congratulaciones por su recuperación, cuando la campana los llamó a todos al refectorio.
Después de comer, los monjes se separaron y se dispersaron por el jardín, buscando un sitio donde la sombra de los árboles o el retiro de alguna gruta les ofreciese el más agradable medio de dormir la siesta. El abad encaminó sus pasos hacia la ermita, invitando a Matilde con una mirada a que le acompañase. Obedeció ella, y le siguió en silencio. Entraron en la gruta y se sentaron. Ninguno de los dos parecía deseoso de iniciar la conversación, y se debatían bajo la influencia del mutuo embarazo. Por último, habló el abad: se limitó a comentar cosas indiferentes, y Matilde le contestó en el mismo tono. Parecía deseosa de hacerle olvidar que la persona que estaba sentada a su lado era otra que Rosario. Ninguno de los dos se atrevía ni deseaba tampoco hacer alusión al tema que más presente estaba en sus corazones.