El monje
El monje Los esfuerzos de Matilde por parecer alegre eran evidentemente dificultosos. TenÃa el ánimo oprimido por el peso de la ansiedad, y cuando hablaba, su voz era desmayada y débil. ParecÃa deseosa de terminar una conversación que la aturdÃa; y quejándose de que no se sentÃa bien, pidió permiso a Ambrosio para regresar a la abadÃa. Éste la acompañó hasta la puerta de la celda; y cuando llegaron, el abad la detuvo para comunicarle que le daba permiso para que siguiese compartiendo su soledad el tiempo que ella gustase.
Pero ella no dio muestra alguna de alegrÃa ante esta noticia, a pesar de que el dÃa anterior habÃa estado tan deseosa de conseguir tal permiso.
—¡Ay, padre! —dijo, moviendo la cabeza tristemente—. ¡Vuestra bondad llega demasiado tarde! Mi última hora está señalada. Debemos separarnos para siempre. ¡Sin embargo, creed que agradezco vuestra generosidad, y vuestra compasión, por una desventurada que tan poco la merece!
Se llevó el pañuelo a los ojos. TenÃa la cogulla sólo medio echada sobre la cara. Ambrosio observó que estaba pálida, y con los ojos cargados y hundidos.
—¡Válgame Dios! —exclamó—. ¡Estáis muy enferma, Matilde! Voy a llamar inmediatamente al padre Pablos.