El monje
El monje —No; no lo hagáis. Estoy enferma, es cierto. Pero él no puede curar mi enfermedad. ¡Adiós, padre! Recordadme en vuestras oraciones mañana; mientras, ¡yo os recordaré en el cielo!
Entró en la celda y cerró la puerta.
El abad le envió el médico sin perder un instante, y aguardó impaciente el diagnóstico. Pero el padre Pablos regresó en seguida y declaró que había sido en balde. Rosario se negaba a dejarle entrar y rechazaba sus ofrecimientos de ayuda. No fue pequeña la desazón que esta información produjo a Ambrosio. Sin embargo, decidió dejar que Matilde pasase la noche como deseaba; aunque, si su estado no había mejorado por la mañana, insistiría en que la reconociese el padre Pablos.