El monje

El monje

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—El padre Pablos le ha visto ya, pero su arte no puede hacer nada. Dice que sospecha que el joven está envenenado.

—¿Envenenado? ¡Oh! ¡El desventurado! ¡Entonces es lo que yo me sospechaba! Pero no perdamos un instante. ¡Quizá aún haya tiempo de salvarle!

Echó a correr hacia la celda del novicio. Había ya varios monjes en su cámara. El padre Pablos era uno de ellos, y sostenía una medicina en la mano, la cual trataban de persuadir a Rosario que se tomase; los demás estaban ocupados en admirar el divino semblante del paciente, que ahora veían por primera vez. Su expresión era más encantadora que nunca. Ya no estaba pálido ni lánguido. Un vivo rubor se había extendido por sus mejillas; sus ojos brillaban con una alegría serena, y su gesto expresaba confianza y resignación.

—¡Oh, no me atormentéis más! —estaba diciendo a Pablos, cuando entró el aterrado abad en la celda—; mi enfermedad está mucho más allá del alcance de vuestra habilidad, y no deseo que me curéis de ella. —Luego, al ver a Ambrosio, exclamó—: ¡Ah! ¡Aquí está! ¡Por fin le veo otra vez, antes de partir para siempre! Dejadme, hermanos; es mucho lo que tengo que contar en privado a este hombre santo.

Los monjes se retiraron inmediatamente, y Matilde y el abad se quedaron solos.


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