El monje

El monje

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—¿Qué habéis hecho, imprudente mujer? —exclamó éste, tan pronto como se hubieron marchado todos—. Decidme, ¿son ciertas mis sospechas? ¿Voy a perderos efectivamente? ¿Ha sido vuestra mano el instrumento de vuestra destrucción?

Ella sonrió y le cogió la mano.

—¿En qué he sido imprudente, padre? He sacrificado un guijarro para salvar un diamante. Mi muerte preserva una vida valiosa para el mundo, y más querida para mí que la mía propia. Sí, padre: me he envenenado. Pero sabed que este veneno circuló antes por vuestras venas.

—¡Matilde!

—Como os digo, estaba dispuesta a no revelároslo más que en el lecho de muerte. Ahora, ha llegado ese momento. No podéis haber olvidado el día en que os mordió el cientipedoro. El médico os desahució, declarándose impotente para extraer el veneno. Yo sabía un medio, y no vacilé un instante en emplearlo. Me dejaron sola con vos: vos dormíais. Os quité la venda de la mano; besé la herida, y extraje la ponzoña con mis labios. El efecto ha sido más rápido de lo que yo esperaba. Siento la muerte en mi corazón. Antes de una hora, habré pasado a un mundo mejor.

—¡Dios todopoderoso! —exclamó el abad, y se dejó caer casi exánime en la cama.


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