El monje

El monje

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Unos minutos después, se levantó de pronto, y se quedó mirando a Matilde con todo el extravío de la desesperación.

—¡Os habéis sacrificado por mí! ¡Vais a morir, a morir por haber salvado a Ambrosio! ¿Pero no existe un remedio, Matilde? ¿No existe ninguna esperanza? ¡Decidme! ¡Oh! ¡Decídmelo! ¡Decidme que aún hay un medio de salvaros!

—¡Consolaos, mi único amigo! Sí, aún tengo en mi poder un medio de salvarme. Pero es un medio que no me atrevo a emplear. ¡Es peligroso! ¡Es terrible! Sería comprar mi vida a un precio demasiado caro…, a menos que se me permitiese vivir para vos.

—¡Entonces, vivid para mí, Matilde, para mí y mi gratitud! —Le cogió la mano, y se la llevó arrebatadamente a los labios—. Recordad nuestras últimas conversaciones; pues bien, ahora accedo a todo. Recordad con qué vívidos colores me describisteis la unión de las almas; que sean las nuestras las que realicen esa idea. Olvidemos las distinciones de los sexos, despreciemos los prejuicios del mundo, y considerémonos el uno al otro tan sólo como hermanos y amigos. ¡Vivid, pues, Matilde! ¡Oh! ¡Vivid para mí!


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