El monje
El monje —¡Ambrosio, eso no puede ser! Cuando yo pensaba asÃ, os engañaba y me engañaba a mà misma. O muero ahora mismo, o me matarán los interminables tormentos del deseo insatisfecho. ¡Oh!, desde nuestra última conversación, se ha rasgado el velo espantoso que tenÃa delante de los ojos. No os amo ya con la devoción que se tributa a un santo; ya no os aprecio por las virtudes de vuestra alma: lo que anhelo es el goce de vuestra persona. En mi pecho domina la mujer, y me he convertido en presa de las más violentas pasiones. ¡Fuera la amistad, que es palabra frÃa e insensible! Mi pecho arde de amor, de incontenible amor, y sólo el amor puede aplacarlo. ¡Temblad, pues, Ambrosio, temblad, si son escuchadas vuestras súplicas! Si vivo, vuestra fidelidad, vuestra reputación, la recompensa por vuestra vida de sufrimientos, todo cuanto estimáis, se habrá perdido irremediablemente. Ya no seré capaz de combatir mis pasiones, aprovecharé cualquier ocasión para excitar vuestros deseos, y me esforzaré en labrar vuestra deshonra y la mÃa. ¡No, no, Ambrosio! ¡Ya no puedo vivir! Estoy cada vez más convencida de que no tengo más que una alternativa; siento con cada latido que debo gozar de vos, o morir.
—¡Me dejáis estupefacto! ¡Matilde! ¿Sois vos la que me habláis as�