El monje
El monje Hizo un movimiento como para levantarse. Ella profirió un grito, y medio incorporándose de la cama, echó los brazos en torno al cuello del fraile para detenerle.
—¡Oh! ¡No me dejéis! ¡Escuchad mis errores con compasión! Dentro de unas horas, no existiré; un poco más, y me habré librado de esta pasión vergonzosa.
—¡Desdichada! ¿Qué puedo deciros? Yo no puedo… No debo… ¡Pero vivid, Matilde! ¡Oh! ¡Vivid!
—No os dais cuenta de lo que pedÃs. ¿Pues qué? ¿Viviré para hundirme en la infamia? ¿Para convertirme en agente del mal? ¿Para labrar la destrucción de los dos, la vuestra y la mÃa? ¡Sentid este corazón, padre!
Le cogió la mano. Confundido, turbado y fascinado, no la retiró, y sintió debajo de ella palpitar su corazón.