El monje
El monje Era una hora avanzada. El silencio reinaba alrededor. La luz desmayada de una lámpara solitaria iluminaba la figura de Matilde y difundía por la cámara un resplandor confuso y misterioso. Ningún ojo indiscreto, ningún oído curioso vigilaba a los amantes. No se oía nada, sino los melodiosos acentos de Matilde. Ambrosio se hallaba en pleno vigor de la virilidad. Vio ante sí a una mujer joven y hermosa, salvadora de su vida, adoradora de su persona, y cuyo afecto la había llevado hasta el borde de la tumba. Estaba sentado junto a la cama, su mano descansaba sobre el pecho de ella, que a su vez apoyaba la cabeza sobre su pecho. ¿Qué tiene de extraño que cayera en la tentación? Ebrio de deseo, apretó los labios sobre los labios que le buscaban. Sus besos compitieron con los de Matilde en ardor y pasión. La estrechó arrebatadamente entre sus brazos. Olvidó sus votos, su santidad y su fama. No tuvo en cuenta otra cosa que el placer y la ocasión.
—¡Ambrosio! ¡Oh! ¡Ambrosio mío! —suspiró Matilde.
—¡Tuyo, tuyo para siempre! —murmuró el fraile, y se derrumbó sobre el pecho de ella.