El monje

El monje

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»Mi naturaleza era ardiente y licenciosa, pero no cruel; mi conducta había sido imprudente, pero mi corazón no era malvado. ¡Juzgad, pues, lo que yo sentía al tener que ser constante testigo de los crímenes más horrendos y abominables! ¡Juzgad cuánto debo de haber sufrido al verme unida a un hombre que recibía a los invitados fingiendo sinceridad y hospitalidad, al tiempo que maquinaba su destrucción! La desazón y el pesar se adueñaron de mi ser: se marchitaron los pocos encantos con que la naturaleza me había dotado, y la melancolía de mi semblante reflejó los sufrimientos de mi corazón. Mil veces me sentí tentada de poner fin a mi existencia. Pero el recuerdo de mis hijos contuvo mi mano. Me estremecía pensar en dejar a mis queridos niños en poder del tirano, y más que por sus vidas, temía por su virtud. El segundo aún era demasiado pequeño para que le aprovechasen mis enseñanzas; pero me esforzaba incansablemente en inculcar en el corazón del mayor aquellos principios que le capacitasen para evitar los crímenes de sus padres. Me escuchaba con docilidad, o más bien con avidez. Aun con sus escasos años, mostraba que no estaba hecho para vivir en una sociedad de villanos; y el único consuelo que yo tenía en medio de mis desdichas, era ver las virtudes que empezaban a apuntar en mi Theodore.



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