El monje
El monje »Tal era mi situación, cuando el pérfido postillón de don Alfonso condujo a éste a la cabaña. Su juventud, aspecto y modales hicieron interesarme enormemente en su favor. La ausencia de los hijos de mi marido me proporcionó la ocasión que yo tanto había deseado, y decidí arriesgarlo todo para proteger al extranjero. La vigilancia de Baptiste me impedía prevenir a don Alfonso del peligro que corría: sabía que si yo les delataba me matarían inmediatamente; y a pesar de lo amargada que estaba mi existencia por las calamidades, me faltaba valor para sacrificarla protegiendo a otra persona. Mi única esperanza estaba en pedir socorro de Estrasburgo. Así que decidí intentarlo; y si se me presentaba una ocasión de advertir a don Alfonso sin que me viesen, estaba dispuesta a aprovecharla con presteza. Subí por orden de Baptiste a arreglarle la cama al extranjero. Le puse las sábanas sobre las que habían matado a un viajero la noche anterior, que aún estaban manchadas de sangre. Confiaba en que no escaparían estas señales a la observación de nuestro invitado, y que de ellas inferiría las intenciones de mi pérfido esposo. Pero no fue este el único paso que di para preservar al extranjero. Theodore estaba en la cama enfermo. Me deslicé en su habitación sin que me viera mi tirano, le conté mi plan, y me apoyó con interés. Se levantó a pesar de su fiebre y se vistió a toda velocidad. Le até una sábana por debajo de los brazos y lo bajé por la ventana. Corrió al establo, cogió el caballo de Claude y se dirigió a Estrasburgo a todo galope. Si le abordaban los bandidos, debía declarar que llevaba un mensaje a Baptiste; pero afortunadamente llegó a la ciudad sin ningún obstáculo. Tan pronto como llegó, pidió ayuda a la magistratura. Su historia corrió de boca en boca, y finalmente llegó a oídos del señor barón. Inquieto por la seguridad de su dama, la cual sabía que pasaría por ese camino esa misma tarde, pensó que podía haber caído en poder de los ladrones; así que acompañó a Theodore, quien guió a los soldados a la cabaña, y llegó a tiempo de evitar que cayésemos una vez más en manos de nuestros enemigos.