El monje
El monje El barón y yo aseguramos a Marguerite que no ahorraríamos esfuerzos para obtener su perdón; y que aun cuando su padre se mostrase inflexible, no tenía por qué angustiarse por el destino de los niños. Yo mismo me comprometí a encargarme de Theodore, y el barón prometió tomar bajo su protección al más joven. La reconocida madre nos dio las gracias con lágrimas en los ojos por lo que ella llamó generosidad, pero que en realidad no era sino un justo sentido de nuestro agradecimiento. Salió entonces de la estancia para meter en la cama a su pequeño, al que el cansancio y el sueño habían vencido completamente.