El monje
El monje La baronesa, al recobrarse y ser informada de los peligros de los que yo la había rescatado, se deshizo en expresiones de gratitud. Y su esposo se le unió tan afectuosamente, insistiéndome en que les acompañase a su castillo de Baviera, que me fue imposible rehusar. Durante la semana que pasamos en Estrasburgo no quedaron olvidados los intereses de Marguerite. Nuestra entrevista con su padre fue tan fructífera como podíamos desear. El buen anciano había perdido a su esposa: no tenía más descendencia que esta desventurada hija, de quien no había tenido noticias durante casi catorce años. Estaba rodeado de parientes lejanos, quienes aguardaban con impaciencia a que se muriese para entrar en posesión de su dinero. De modo que cuando Marguerite reapareció tan inesperadamente, la acogió como un don del cielo. La recibió a ella y a sus hijos con los brazos abiertos, e insistió en que fuesen a instalarse en su casa sin demora. Los decepcionados primos se vieron obligados a cederle el sitio. El anciano no quiso saber nada de los planes de su hija sobre retirarse a un convento. Dijo que le era demasiado necesaria para su felicidad, y la convenció fácilmente para que renunciase a su proyecto. Pero ninguna razón pudo persuadir a Theodore de que desistiese del plan que al principio había trazado yo para él. Me cobró el más sincero afecto durante mi estancia en Estrasburgo, y cuando estaba a punto de marcharme, me suplicó con lágrimas en los ojos que le tomase a mi servicio: Describió todas sus pequeñas habilidades con los colores más favorables, y trató de convencerme de que en él encontraría una ayuda inmensa, a la hora de ponernos en camino. Yo no tenía ganas de cargar con un chico que apenas había cumplido los trece años, sabiendo que sólo sería una responsabilidad para mí. Sin embargo, no pude resistirme a las súplicas de este afectuoso joven, que de hecho poseía mil cualidades estimables. Con alguna dificultad, convencí a sus familiares para que le permitiesen acompañarme, y una vez conseguido tal permiso, le di el título de paje. Después de pasar una semana en Estrasburgo, Theodore y yo salimos para Baviera en compañía del barón y su esposa. Éstos y yo habíamos obligado a Marguerite a aceptar varios regalos de valor, para ella y para su hijo más joven. Al marcharnos, prometí firmemente a la madre que le devolvería a Theodore en el término de un año.