El monje

El monje

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Ambrosio se estremeció de sí mismo cuando consideró sus rápidos progresos en la iniquidad. El enorme crimen que acababa de cometer le llenaba de verdadero horror. La imagen de Elvira asesinada estaba constantemente ante sus ojos, y ya pagaba su culpa con las agonías de su conciencia. El tiempo, sin embargo, debilitó estas impresiones. Pasó un día, y otro, sin que las sospechas recayesen sobre él. La impunidad le reconcilió con su culpa; empezó a recobrar el ánimo. Y a medida que se disipaba el temor de que le descubriesen, prestaba menos atención a los reproches del remordimiento. Matilde se esforzó en apaciguar sus inquietudes. Al enterarse de la muerte de Elvira, pareció afectarse profundamente y lamentó, junto con el monje, la desdichada catástrofe de su aventura. Pero en cuanto vio que su agitación se había apaciguado algo, y que se hallaba más dispuesto a escuchar sus argumentos, pasó a hablarle de su delito en los términos más suaves, y a convencerle de que no era tan culpable como él parecía considerarse. Le explicó que lo único que había hecho era hacer valer los derechos que la naturaleza otorga a cada uno, que son los de la autoconservación. Que podía haber perecido tanto Elvira como él, y que la inflexibilidad de ella y su decisión de arruinarle la habían señalado merecidamente como víctima. Después declaró que, como antes se había hecho sospechoso ante los ojos de Elvira, era una suerte que la muerte le hubiera sellado los labios, puesto que sin este último desenlace, sus sospechas se habrían divulgado, produciendo consecuencias muy desagradables. De modo que se había librado de un enemigo para quien los errores de su conducta se habían hecho tan manifiestos como para hacerle peligroso, y el cual era el más grande obstáculo en sus designios sobre Antonia. Designios que Matilde le animó a no abandonar. Pues le aseguró que sin la protección de la mirada vigilante de su madre, la hija sería una conquista fácil; y alabando y enumerando los encantos de Antonia, se esforzó en reavivar los deseos del monje; esfuerzo que consiguió sobradamente.


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