El monje

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Como si los crímenes a que su pasión le había empujado hubiesen aumentado su violencia, anheló con más avidez que nunca gozar de Antonia. Del mismo modo que había logrado ocultar su presente culpabilidad, esperaba ocultar la próxima. Se mantuvo sordo a los susurros de la conciencia, y decidió satisfacer sus deseos a cualquier precio. Sólo esperaba la ocasión de repetir su anterior intento. Pero ahora era imposible que el mismo medio le proporcionase dicha ocasión. En los primeros arrebatos de desesperación había roto en mil pedazos el mirto encantado. Matilde le dijo con toda claridad que no esperase nueva ayuda de los poderes infernales, a menos que estuviese dispuesto a suscribir las condiciones estipuladas. Ambrosio se mostraba decidido a no dar semejante paso. Estaba convencido de que, por grande que fuera su iniquidad, mientras conservase su derecho a la salvación, no tenía por qué desesperar de conseguir el perdón. Así que se negó decididamente a adquirir ninguna clase de compromiso o pacto con los espíritus malignos; y Matilde, viéndole tan porfiado en este aspecto, se abstuvo de insistirle más y se puso a darle vueltas a su imaginación para descubrir algún medio de poner a Antonia en manos del abad. Y no transcurrió mucho tiempo, cuando se presentó dicho medio.




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