El monje
El monje Mientras se maquinaba de este modo su ruina, la desventurada joven sufría dolorosamente la pérdida de su madre. Cada mañana, al despertar, su primer cuidado había sido acudir a la cámara de Elvira. La mañana siguiente a la fatal visita de Ambrosio, se despertó más tarde de lo acostumbrado. Se dio cuenta de esto al oír las campanas de la abadía. Se levantó de la cama, se echó encima algún vestido, e iba a correr apresuradamente a preguntarle a su madre cómo había pasado la noche, cuando su pie tropezó con algo que le obstruía el paso. Lo miró. ¡Cuál no fue su horror al reconocer el lívido cadáver de Elvira! Profirió un grito desgarrado, y se arrojó al suelo. Estrechó la forma inanimada contra su pecho, la sintió fría, y con un impulso de repugnancia que no consiguió reprimir, la dejó caer nuevamente. El grito había alarmado a Flora, que acudió en su ayuda. El espectáculo que presenció la traspasó de horror; pero sus gritos de auxilio fueron más audibles que los de Antonia. Hizo vibrar la casa con sus lamentos, en tanto su ama, casi ahogada por el dolor, no manifestaba su desventura más que con sollozos y gemidos. Los alaridos de Flora llegaron inmediatamente a oídos de la dueña, cuyo terror y sorpresa fueron indescriptibles al saber la causa del alboroto. Fue mandado llamar inmediatamente un médico; pero en cuanto vio el cadáver declaró que la recuperación de Elvira estaba más allá de las posibilidades de su arte. Así que procedió a prestar asistencia a Antonia, la cual en ese momento estaba verdaderamente necesitada de ella. La trasladaron a la cama, mientras que la propietaria se ocupaba de impartir las órdenes necesarias para el entierro de Elvira. Doña Jacinta era una mujer afable, caritativa, generosa y devota, aunque de pocas luces, y esclava miserable del miedo y la superstición. Le horrorizaba la idea de pasar la noche en la casa con un cadáver. Estaba segura de que se le aparecería el espectro de Elvira, y no menos convencida de que tal visita la mataría del susto. Tal convicción la decidió a pasar la noche en casa de una vecina e insistir en que se celebrase el funeral al día siguiente. Como el cementerio más cercano era el de Santa Clara, se decidió que Elvira fuese enterrada en él. Doña Jacinta se comprometió a sufragar todos los gastos del entierro. No sabía en qué situación quedaba Antonia, pero según la economía en que había vivido la familia, consideraba que no le vendría mal. Por consiguiente, abrigaba muy poca esperanza de recobrar dicho dinero alguna vez. Esta consideración, sin embargo, no le impidió cuidar de que el entierro se llevase a efecto con decencia, y mostrar por la desventurada Antonia todo el respeto posible.