El monje

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Nadie muere de pesar. Ejemplo de esto fue Antonia. Ayudada por su organismo joven y sano, eliminó la postración en que la muerte de su madre la había sumido. Pero no fue tan fácil eliminar la postración del espíritu. Sus ojos estaban constantemente llenos de lágrimas. Cualquier pequeñez la afectaba y, evidentemente, alimentaba en su pecho una profunda y arraigada melancolía. La más leve mención de Elvira, la más trivial circunstancia que le recordase a su adorada madre, bastaban para provocarle una grave agitación. ¡Cuánto más habría sufrido, de haber sabido las agonías con que terminó su existencia! Pero de esto nadie tenía la más ligera sospecha. Elvira sufría fuertes convulsiones. Supusieron que, al sentir que le iban a acometer otra vez, se había esforzado en llegar a la cámara de su hija con la esperanza de que la asistiese; que sufrió un súbito ataque, demasiado violento para su ya debilitada salud, y que había expirado antes de darle tiempo a tomar la medicina que generalmente la aliviaba, y que se hallaba en un anaquel de la habitación de Antonia. Tal explicación fue firmemente creída por las pocas personas que se interesaban por Elvira. Su muerte se consideró un hecho natural, y no tardaron en olvidarlo todos, salvo la persona que tenía demasiados motivos para lamentar su pérdida.



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