El monje

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Flora y doña Jacinta se esforzaron en consolarla. La segunda le rogó que no se preocupara, que podía seguir viviendo en su casa cuanto desease, que ella la trataría como a su propia hija. Antonia, viendo que la buena mujer le había cobrado verdadero afecto, se sintió algo más tranquilizada, pensando que al menos tenía a una amiga en el mundo. Recibió entonces una carta, dirigida a Elvira. Reconoció la letra de Leonela; y al abrirla gozosa, encontró la detallada relación de las aventuras de su tía en Córdoba. Informaba a su hermana que había recobrado su legado, había perdido su corazón, y había recibido a cambio el del más amable de los boticarios, pasados, presentes y futuros. Añadió que estaría en Madrid el martes por la noche, y que tenía intención de presentar a su caro esposo en persona. Aunque su matrimonio estaba lejos de complacer a Antonia, el pronto regreso de Leonela produjo gran alegría en su sobrina. Se animó al pensar que una vez más estaría bajo el cuidado de una pariente. No podía por menos de pensar que era enormemente impropio que una joven viviese entre absolutos desconocidos, sin nadie que regulase su conducta o la protegiese de las ofensas a las que su desamparada condición la exponía. Así que esperó con impaciencia el martes por la noche.




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