El monje
El monje Y llegó el día. Antonia escuchaba ansiosa los carruajes que pasaban por la calle. Ninguno se detenía, y comenzaba a hacerse tarde sin que apareciese Leonela. No obstante, Antonia decidió seguir levantada hasta que llegase su tía, y a pesar de todas las protestas de doña Jacinta y de Flora, insistió en velar. Las horas transcurrieron lentas y tediosas. La marcha de Lorenzo había puesto fin a sus serenatas. Antonia esperó en vano oír el habitual sonido de las guitarras bajo su ventana. Cogió la suya, y tocó algunos acordes. Pero la música, esa noche, había perdido todo encanto para ella, y no tardó en volver a dejar el instrumento en su estuche. Se sentó ante el bastidor, pero nada le salía bien. Le faltaban sedas, se rompía el hilo a cada momento, y las agujas eran tan hábiles en equivocarse, que parecían tener vida propia. Por último, cayó una gota de cera del cirio que tenía cerca sobre su guirnalda de violetas favorita. Esto la desalentó completamente. Dejó la aguja y abandonó el bordado. Estaba visto que nada era capaz de distraerla. Se sentía presa del aburrimiento, y se dedicó a hacer votos por que llegase su tía.