El monje
El monje IMITACIÓN DE HORACIO EPÍSTOLA 20. LIBRO I
Creo, oh vano, mal pensado libro,
Verte lanzar una mirada deseosa,
Donde hay reputaciones ganadas y perdidas
En sarta famosa que llaman el Rosario.
Irritado al ver tu precioso óleo
Sepulto en inexplorado cajón,
Desprecias a la prudente llave y cerradura,
Y, encuadernado y dorado, ansias ver
Tu volumen en el escaparate
De Stockdale, de Hookham o de Dehrett.
Ve, pues, traspón el peligroso límite
De donde ningún libro retorna.
Cuando te veas condenado, despreciado,
Blanco del odio, la crítica y la condena,
Y maltratado por aquellos que te lean
(Si por ventura te leen)
Ya suspirarás pesaroso
Por mí, por el reposo y la quietud.
Asumo, pues, el oficio del augur
Y así profetizo tu fortuna:
Cuando hayas perdido tu novedad,
Y no seas ni joven ni reciente,
En algún rincón oscuro y polvoriento,
Mohoso, perdido entre telarañas,
Servirás de festín a las polillas,
