El monje

El monje

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Tal era su ocupación, cuando le pareció oír ruido de pasos. Volvió la cabeza, pero no vio a nadie. Retornó a su libro. Pero unos minutos después se repitió el mismo ruido, seguido de un susurro detrás de él. Se levantó sobresaltado de su asiento, y mirando a su alrededor, vio que la puerta del cuarto pequeño estaba entreabierta. Al querer entrar en la habitación —había intentado abrirla—, vio que la puerta tenía el cerrojo pasado por dentro.

«¿Cómo es —se dijo a sí mismo— que se ha abierto esta puerta?».

Se acercó, la abrió, y se asomó: no había nadie en el interior. Mientras permanecía indeciso, le pareció distinguir un gemido en el aposento contiguo. Era de Antonia, y supuso que las gotas empezaban a surtir efecto. Pero al escuchar más atentamente, vio que el ruido lo causaba Jacinta, que se había quedado dormida junto al lecho de la joven y roncaba de la manera más ruidosa. Ambrosio se retiró, y volvió a la otra habitación, pensando en la forma súbita en que se había abierto la puerta del cuarto pequeño, cosa a la que no encontraba explicación.

Se paseó por el aposento en silencio. Por último, se detuvo, y la cama le llamó la atención. La cortina estaba medio descorrida. Involuntariamente, suspiró.


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