El monje
El monje —Esa cama —murmuró en voz baja—, ¡esa cama era la de Elvira! Ahà ha pasado ella muchas noches tranquilas, pues era buena e inocente. ¡Qué profundo debió de ser su sueño! ¡Sin embargo, ahora duerme aún más profundamente! Pero ¿dormirá de veras? ¡Oh, Dios quiera que sÃ! ¿Qué pasarÃa si se levantase de su tumba en esta hora triste y silenciosa? ¿Qué pasarÃa si rompiera las ataduras de la tumba, y se alzase furiosa ante mis ojos petrificados? ¡Oh, no podrÃa soportar su visión! ¡Ver otra vez su cuerpo retorcido por las agonÃas de la muerte, sus venas hinchadas, su semblante lÃvido y sus ojos desorbitados por el dolor! OÃrla hablar de los castigos futuros, amenazándome con la venganza del Cielo, culpándome de los crÃmenes que he cometido, de los que voy a cometer… ¡Gran Dios! ¿Qué es eso?
Al decir estas palabras, sus ojos se clavaron en la cama, vio sacudirse levemente el cortinaje hacia delante y hacia atrás. A su mente, concentrada en la idea del fantasma casi le pareció distinguir la forma imaginaria de Elvira reclinada sobre el lecho. Unos momentos de reflexión bastaron para tranquilizarse.
—Sólo era el viento —dijo, recobrándose.