El monje
El monje Se puso a pasear de nuevo por la cámara, pero un impulso involuntario de temor e inquietud le hacía dirigir los ojos de cuando en cuando hacia la alcoba. Se acercó indeciso. Se detuvo antes de subir los pocos peldaños que conducían a ella. Alargó la mano tres veces para descorrer la cortina y otras tantas la retiró.
—¡Absurdos terrores! —exclamó por último, avergonzado de su propia debilidad.
Subió apresuradamente los escalones; entonces surgió de la alcoba una figura vestida de blanco, pasó junto a él y se dirigió apresuradamente al cuarto pequeño. La locura y la desesperación dieron al monje el valor que hasta ahora le había faltado. Corrió, persiguió a la aparición, y trató de cogerla.
—¡Fantasma o demonio, yo te detendré! —exclamó, y cogió al espectro por el brazo.
—¡Oh, Jesucristo! —gritó una voz penetrante—. ¡Santo padre, por qué me cogéis! ¡Os aseguro que no os deseo ningún mal!
Estas palabras, así como el brazo que él sujetaba, convencieron al abad de que el supuesto fantasma era de carne y hueso. Arrastró a la intrusa hacia la mesa, y alzando la luz, descubrió el semblante de… ¡doña Flora!