El monje
El monje —Os aseguro, padre —dijo—, que estoy completamente pesarosa de haberos molestado: nada estaba más lejos de mi intención. Me proponÃa salir de la habitación con el mismo sigilo que he entrado; y de haber ignorado vos que os vigilaba, habrÃa sido como si no os hubiera vigilado. Desde luego, he hecho muy mal espiándoos, no lo puedo negar. ¡Pero, Señor! ¿Cómo podrÃa resistir la curiosidad de una débil mujer el deseo de observar a vuestra reverencia? Deseaba tanto ver qué hacÃais, que no he podido por menos de miraros sin que nadie se enterase. Asà que he dejado a la vieja doña Jacinta sentada junto a la cabecera de mi ama, y me he deslizado en el cuarto. Como no deseaba interrumpiros, me he conformado al principio con mirar por el ojo de la cerradura. Pero como no podÃa ver nada de este modo, he retirado el cerrojo, y mientras estabais de espalda a la alcoba, me he deslizado en ella sigilosamente. Y ahà he estado oculta, hasta que vuestra reverencia me ha descubierto y me ha cogido, antes de que me diera tiempo a llegar a la puerta del cuarto. Esta es toda la verdad, os lo aseguro, santo padre, y os pido perdón mil veces por mi impertinencia.