El monje
El monje Durante este discurso, el abad tuvo tiempo de recobrarse. Se recreó leyéndole a la espía penitente un texto sobre los peligros de la curiosidad y la bajeza de la acción en la que acababa de ser sorprendida. Flora se declaró plenamente convencida de que había hecho mal. Prometió no volver a cometer jamás esta falta, y ya se retiraba sumisa y compungida a la habitación de Antonia, cuando la puerta del cuarto se abrió súbitamente, y apareció Jacinta, pálida y sin aliento.
—¡Oh, padre, padre! —exclamó con voz casi ahogada por el terror—. ¿Qué voy a hacer ahora? ¿Qué voy a hacer? ¡Vaya una situación! ¡No me caen más que desgracias! ¡No tengo más que muertos y moribundos! ¡Oh, voy a volverme loca! ¡Voy a volverme loca!
—¡Hablad! ¡Hablad! —gritaron Flora y el monje al mismo tiempo—. ¿Qué ha sucedido? ¿Qué ocurre?
—¡Oh, tengo otro cadáver en mi casa! ¡Sin duda alguna bruja ha echado alguna maldición sobre ella, sobre mí y sobre todo lo que me rodea! ¡Pobre doña Antonia! ¡Le acaban de acometer los mismos ataques que mataron a su madre! ¡El espectro dijo la verdad!