El monje

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Flora corrió, o más bien voló, hacia la habitación de su ama. Ambrosio la siguió, con el pecho temblándole de esperanza y temor. Encontraron a Antonia como Jacinta la había descrito, contraída por las torturantes convulsiones, que en vano se esforzaron en aliviar. El monje envió a Jacinta a la abadía a toda prisa, con el encargo de traerse al padre Pablos sin perder un instante.

—Iré por él —replicó Jacinta—, y le diré que venga; en cuanto a traerle yo, no haré tal cosa. Estoy segura de que la casa está embrujada, y que me aspen si vuelvo a poner los pies en ella.

Con esta resolución, salió en dirección al monasterio y trasmitió el recado al padre Pablos. A continuación, se dirigió a casa del viejo Simón González, al que decidió no abandonar jamás, hasta que fuese su marido y se marchase a vivir con ella.

Tan pronto como el padre Pablos vio a Antonia declaró que su mal era incurable. Las convulsiones continuaron durante una hora. En ese tiempo, sus agonías fueron mucho más dulces que las que sus gemidos causaban en el corazón del abad. Cada gesto de dolor parecía clavar una daga en su pecho, y se maldecía mil veces por haber aceptado tan bárbaro plan. Pasada la hora, los ataques se hicieron menos frecuentes, y Antonia pareció menos agitada. Sentía que se aproximaba su desenlace, y que nada la podía salvar.


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