El monje
El monje —DignÃsimo Ambrosio —dijo con voz desfallecida mientras le besaba la mano—; me siento ahora en libertad para manifestaros cuán agradecido está mi corazón por vuestra atención y afecto. Me encuentro en el lecho de la muerte; dentro de una hora, habré dejado de existir. Asà que puedo confesaros sin reparos lo doloroso que fue para mà renunciar a vuestra compañÃa. Pero esa fue la voluntad de mi madre, y no me atrevà a desobedecerla. Muero sin temor. Son muy pocos los que lamentarán haberme perdido, y muy pocos a los que siento perder. Entre ellos, a nadie siento perder más que a vos. ¡Pero nos volveremos a encontrar, Ambrosio! Algún dÃa nos volveremos a ver en el cielo. ¡Allà renovaremos nuestra amistad, y mi madre la verá con complacencia!
Guardó silencio. El abad se estremeció al oÃr el nombre de Elvira. Antonia atribuyó su emoción a su piedad y afecto por ella.