El monje

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Ambrosio prometió cumplir sus deseos. Cada momento hacía presentir la proximidad del desenlace de Antonia. Su vida vacilaba; su corazón latía desmayadamente; sus dedos se agarrotaban y estaban fríos, y a las dos de la madrugada, expiró sin un gemido. Tan pronto como el último aliento abandonó su cuerpo, el padre Pablos se retiró sinceramente afectado ante la tristeza de la escena. Por su parte, Flora dio rienda suelta a su más desaforado dolor. Muy distintos intereses tenían preocupado a Ambrosio. Buscó el pulso que, según le había asegurado Matilde, probaría que la muerte de Antonia era temporal. Presionó sobre él; lo notó palpitar bajo su mano, y su corazón se sintió embargado de emoción. Sin embargo, ocultó cuidadosamente su satisfacción por el éxito de su plan. Adoptó un gesto melancólico y, dirigiéndose a Flora, le aconsejó que no se abandonase a un dolor inútil. Las lágrimas de la mujer eran demasiado sinceras para escuchar estos consejos, y siguió llorando inconteniblemente. Se retiró el fraile, prometiendo primero dar instrucciones sobre el funeral, que, por consideración a Jacinta, como él explicó, se efectuaría con toda diligencia. Inmersa en el dolor por la pérdida de su querida dueña, apenas escuchó lo que Ambrosio decía. Éste se apresuró a ordenar el entierro; obtuvo permiso de la priora para que el cadáver se llevase a la cripta de Santa Clara. Y el viernes por la mañana, ejecutada cada una de las ceremonias pertinentes, el cuerpo de Antonia fue depositado en la tumba.


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