El monje

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Durante todo este tiempo Ambrosio ignoró los espantosos sucesos que estaban ocurriendo tan cerca. La ejecución de sus planes respecto a Antonia tenía acaparados todos sus pensamientos. Hasta ahora se sentía satisfecho por el éxito que estaba teniendo. Antonia había tomado el narcótico, había sido enterrada en la cripta de Santa Clara, y la tenía enteramente a su merced. Matilde, muy familiarizada con la naturaleza y efectos de la adormecedora medicina, había calculado que su acción no cesaría hasta la madrugada siguiente. Ambrosio esperaba esa hora con impaciencia. La conmemoración de Santa Clara le ofrecía una ocasión propicia para consumar su crimen. Estaba seguro de que los frailes y las monjas tomarían parte en la procesión, no había temor de que le interrumpiesen, y esperaba que se le excusase de salir personalmente a la cabeza de los monjes. No dudaba que, al encontrarse lejos de toda ayuda, separada del mundo y totalmente en su poder, Antonia accedería a dar cumplimiento a sus deseos. El afecto que ella había manifestado siempre por él le confirmaba en esta convicción; pero decidió que, si se mostraba obstinada, no tendría en cuenta ninguna consideración que le impidiese gozar de ella. Seguro de no ser descubierto, no temía recurrir al empleo de la fuerza; y si sentía alguna repugnancia, no se debía a un impulso de vergüenza o compasión, sino a que experimentaba por Antonia el más sincero y ardiente afecto, y deseaba no deber sus favores más que a ella misma.


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