Sub terra
Sub terra Densas columnas de humo se escapaban entonces de las enormes chimeneas, y el ruido acompasado de las máquinas, junto con el subir y bajar de los ascensores en el pique, no se interrumpÃa jamás. Mientras, allá abajo, en las habitaciones escalonadas en la falda de la colina, las voces de las mujeres y los alegres gritos de los niños se confundÃan con el ruido del mar en aquel sitio siempre inquieto y turbulento.
En una mañana de enero, en tanto que la máquina lanzaba sus jadeantes estertores y las blancas volutas del vapor se desvanecÃan en el aire tibio convirtiéndose en lluvia finÃsima, un hombre subÃa por el camino en dirección a la mina. Era de elevada estatura y por su traje, cubierto por el polvo rojo de la carretera, parecÃa más bien un campesino que un obrero. Un saco atado con una correa pendÃa de sus espaldas y su mano derecha empuñaba un grueso bastón, con el que tanteaba el terreno delante de sÃ.
Muy en breve aquel desconocido se encontró en la plataforma de la mina, donde pidió lo llevaran a presencia del capataz. Éste, que en ese instante se dirigÃa al pozo de bajada, se detuvo sorprendido ante el inválido visitante.
—Amigo —dÃjole—, yo soy el que buscas, ¿quién eres y qué es lo que deseas?
—Me llamo Juan Fariña, y quiero trabajar en la mina —fue la breve contestación del interpelado.