Sub terra
Sub terra —Aquellos sà que eran buenos tiempos —dijo el abuelo dirigiéndose a su juvenil auditorio, que lo oÃa con la boca abierta—. Los cóndores de oro corrÃan como el agua y no se conocÃan ni de nombre estos sucios papeles de ahora. No habÃa más que dos piques: el Chambeque y el Alberto, pero el carbón estaba tan cerca de los pozos que, de cada uno de ellos, se sacaban muchos cientos de toneladas por dÃa.
Entonces fue cuando los de Playa Negra quisieron atajarnos corriendo una galerÃa que iba desde el bajo de Playa Blanca en derechura a Santa MarÃa. Nos cortaban asà todo el carbón que quedaba hacia el norte, debajo del mar. Apenas se supo la noticia, todo el mundo fue al Alto de Lotilla a ver los nuevos trabajos que habÃan empezado los contrarios con toda actividad. TenÃan ya armada la cabria del pique casi en la orilla misma donde revienta la ola en las altas mareas. Los pÃcaros querÃan trabajar lo menos posible para cerrarnos el camino. Entretanto nuestros jefes no se contentaban sólo con mirar. Estudiaban el modo de parar el golpe, y andaban para arriba y para abajo corriendo desaforados con unas caras de susto tan largas que daban lástima.
Acababa una mañana de llegar al pique, cuando don Pedro, el capataz mayor, me llamó para decirme:
—Sebastián, ¿cuántos son los barreteros de tu cuadrilla?
—Veinte, señor —le contesté.
