Sub terra
Sub terra El abuelo hizo una pausa y después de tomar entre sus dedos temblorosos el cigarrillo encendido que uno de sus atentos oyentes le alargaba, continuó:
—Lo que me falta que contarles es muy poca cosa. Mientras los de Playa Negra, que no podían adivinar ni remotamente lo que había pasado, achacaban el accidente a un simple atascamiento de su barrena y hacían los esfuerzos imaginables para desatascarla, ensanchando el orificio, nosotros habíamos colocado frente a él un gran brasero de carbón encendido. Luego, el capataz dio orden de que todo el mundo abandonara la galería, quedándonos los dos para terminar los preparativos. Todo quedó listo en un momento. Después de ensayar si la puerta cerraba bien y mientras yo me alejaba prudentemente, don Pedro tomó en sus brazos, como si fuera una pluma, el enorme saco lleno de ají que se había bajado hacía poco, y, desde el umbral lo lanzó sobre las brasas encendidas. Cerró, acto continuo, la hoja de un puntapié, y volviendo las espaldas echó a correr hacia el pozo de salida. Yo, que iba adelante, fui el primero en llegar al ascensor y aunque nos izaron inmediatamente, sentimos al llegar arriba una picazón en la garganta, acompañada de una tos seca insoportable.