Sub terra
Sub terra Una luz brilló a lo lejos en la galerÃa y luego se oyó el chirrido de las ruedas sobre la vÃa, mientras un trote pesado y rápido hacÃa retumbar el suelo.
—¡Es la corrida! —exclamaron a un tiempo los dos hombres.
—Pronto, Pablo —dijo el viejo—, a ver cómo cumples tu obligación.
El pequeño con los puños apretados apoyó su diminuto cuerpo contra la hoja que cedió lentamente hasta tocar la pared. Apenas efectuada esta operación, un caballo oscuro, sudoroso y jadeante, cruzó rápido delante de ellos, arrastrando un pesado tren cargado de mineral.
Los obreros se miraron satisfechos. El novato era ya un portero experimentado, y el viejo, inclinando su alta estatura, empezó a hablarle zalameramente: él no era ya un chicuelo, como los que quedaban allá arriba que lloran por nada y están siempre cogidos de las faldas de las mujeres, sino un hombre, un valiente, nada menos que un obrero, es decir, un camarada a quien habÃa que tratar como tal. Y en breves frases le dio a entender que les era forzoso dejarlo solo; pero que no tuviese miedo, pues habÃa en la mina muchÃsimos otros de su edad, desempeñando el mismo trabajo; que él estaba cerca y vendrÃa a verlo de cuando en cuando, y una vez terminada la faena regresarÃan juntos a casa.