Sub terra
Sub terra Hallábanse en el sitio de la explosión: el suelo estaba sembrado de escombros, los revestimientos habÃan sido arrancados en gran parte y la techumbre principiaba a ceder. Se detuvieron un instante indecisos; mas, luego, pasando por encima del obstáculo, prosiguieron el avance, cautelosos, con el oÃdo atento a los chasquidos precursores de los derrumbes y sintiendo a cada paso el golpe seco de algún desprendimiento. Caminaron asà algunos metros cuando de improviso resonó un crujido.
Tomás, que era el primero del grupo, recibió un golpe en un hombro que lo hizo vacilar sobre sus piernas: se volvió lleno de angustia; una espesa polvareda le impedÃa ver. Adelantó con precaución y sus dientes castañetearon: delante de él y cerrándole el paso habÃa un montón de piedras de más de un metro de elevación y que abarcaba todo el ancho de la galerÃa. De un salto cayó sobre aquel sepulcro y empezó a remover furiosamente los escombros, tarea que secundaron en breve los compañeros que llegaban, pero después de grandes esfuerzos sólo encontraron tres cadáveres.
Mientras algunos recogÃan los muertos, los demás registraban los rincones en busca del ingeniero cuya extraña desaparición despertaba en sus espÃritus supersticiosos la idea de que el Diablo se lo habÃa llevado en cuerpo y alma.
De pronto alguien gritó con fuerza:
—¡Aquà está!