Sub terra
Sub terra —No importa, mujer, mañana es dÃa de pago y se acabarán nuestras penas.
Y rendido, con los miembros destrozados por la fatiga, fue a tenderse en su camastro arrimado a la pared. Aquel lecho compuesto de cuatro tablas sobre dos banquillos y cubiertas por unos cuantos sacos, no tenÃa más abrigo que una manta deshilachada y sucia. La mujer y los dos chicos, un rapaz de cinco años y una criatura de ocho meses, dormÃan en una cama parecida, pero más confortable, pues se habÃa agregado a los sacos un jergón de paja.
Durante aquellos cinco dÃas transcurridos desde que el despacho les cortó los vÃveres, las escasas ropas y utensilios habÃan sido vendidos o empeñados; pues en ese apartado lugarejo no existÃa otra tienda de provisiones que la de la CompañÃa, en donde todos estaban obligados a comprar mediante vales o fichas al portador.
Muy pronto un sueño pesado cerró los párpados del obrero, y en aquellas cuatro paredes reinó el silencio, interrumpido a ratos por las rachas de viento y lluvia, que azotaban las puertas y ventanas de la miserable habitación.