La extrana historia Dr. Bonhomet
La extrana historia Dr. Bonhomet Había observado que sólo ante la palabra «la adúltera», la señora Lenoir se había estremecido larga y silenciosamente en su sillón. Pero sin duda alguna, sólo fue un movimiento nervioso causado ya sea por el recuerdo de algún amorío de baile o por el frescor de la noche y del mar. Las forradas pieles sin curtir de Pafos siempre tendrán sus misterios y el pequeño dios maligno sabe muy bien lo que hace; por lo menos, esa fue mi opinión.
En cuanto al teniente, en cuanto a sir Henry Clifton, ¡ni siquiera me pasó por la cabeza su idea!
Lenoir cerró bruscamente la Biblia y añadió muy bajo, como para sí mismo:
—En efecto, ¿cómo perdonar a la adúltera? ¡Maldita sea., ¡esa idea me enloquece, lo confieso! Sí siento que saciaría mi venganza y que la pérdida de los paraísos no me detendría, incluso en las regiones de la muerte, si…
Y su mirada vuelta hacia su mujer fue a estrellarse sobre las verdes lentes y en el triste rostro.
Claire se levantó, cogió una palmatoria encendida:
—No te das cuenta dijo—: nuestro amigo tiene necesidad de reposo.
Y me tendió la palmatoria sonriendo.