La extrana historia Dr. Bonhomet
La extrana historia Dr. Bonhomet ¡Su actitud no era precisamente como para tranquilizar a un pobre viejo! ¡Me quedé desolaÂdo! ¡El resultado de esta contemplación fue el temblor, el instantáneo desvanecimiento de mi sentido moral, en un segundo! Y sin moverme de otro modo, siempre de rodillas, me puse a dar grandes, lentos y prolongados aullidos, cromátiÂcos, cuyo volumen aumentaba en la proporción en que descendÃan hacia las notas graves de mi registro de profundo bajo. En el tercer aullido, sentà que mi propio pavor frisaba en el delirio, y descargué mi alma con una risita que apenas se pudo escuchar, que tuvo como efecto inmediato llenar de terror a la joven hasta el punto de que corrió hacia la puerta, presa del pánico y enfiló las escaleras por donde sin tardar yo la seguÃ, de cuatro en cuatro escalones, como quien dice, sin perder el tiempo en comentarios ociosos.
Tardamos dos segundos en franquear descansillos y escaleras, hasta llegar a la puerta del jardÃn. En nuestra simultánea precipitación por querer abrir aquella puerta execrable, neutralizamos mutuamente nuestros esfuerzos; en medio de mi angustia, lancé entonces un ahogado gruñido, cuyo ruido me hizo caer como en un sÃncope en los brazos de la pobre mujer; sus rodillas entrechocaron y rodamos medio muertos por el suelo.