La extrana historia Dr. Bonhomet
La extrana historia Dr. Bonhomet Ambos me miraban con un aire estupefacto, como si no me hubiesen reconocido. Me daban
lástima estos provincianos: auténticos patanes.
Y además, todo hay que decirlo, estaba de muy mal humor con Lenoir, porque me había estrechado con demasiado afecto entre sus musculosos brazos: no me gustan las expansiones de mal gusto.
Se hizo de noche; los rayos del sol poniente nos iluminaron a los tres con un fulgor siniestro en el fondo del salón rojo.
En un momento de profundo recogimiento, el viejo criado entreabrió discretamente la puerta y dejó caer estas palabras:
—La señora está servida.
Nos levantamos. Estiré las piernas, compuse el gesto, doblé el brazo y lo ofrecí a la señora Lenoir, que desdeñó su apoyo.
Césaire nos seguía pensativo, pellizcándose con las puntas de su pulgar y su índice la nariz, en la que había estado hurgándose a escondidas. No se me escapaba su actitud meditabunda, aunque estaba a mi espalda, porque, como todas las personas de tacto, tengo dos ojos detrás de la cabeza.
Trajeron los candelabros encendidos, cuyo brillo se reflejaba en los vasos, el mantel y los cristales.