Antes de Adán
Antes de Adán Según que yo, mi verdadero yo, he ido haciéndome mayor, he ido penetrando también más y más en la substancia de mis sueños. Se puede soñar, y aun en medio del ensueño tener conciencia de que se está soñando, y cuando el sueño es malo, reconfortarse y animarse uno a sí mismo con el pensamiento de que no es más que un sueño. Esta experiencia es común a todos nosotros. Y así es como yo, el moderno yo, penetro muy a menudo en mis sueños y soy, en la consecuente doble personalidad, actor y espectador a un tiempo mismo. Y así también, yo, el moderno yo, muchas veces me he ofendido y alborotado ante la estolidez ilógica, ante la torpeza roma y la estupenda estupidez, en cuanto a sí mismo se refiere, de mi yo primitivo.
Y aun otra cosa, antes de terminar esta digresión. ¿No has soñado nunca tú, lector, que soñabas? Los perros sueñan, los caballos sueñan, todos los animales sueñan. En los tiempos de Diente Largo el casi hombre soñaba, y cuando eran malos sus sueños, hacía muecas y gruñidos. Ahora, yo, el moderno, me he acostado con Diente Largo y he soñado sus propios sueños.
Comprendo que esto saca de quicio a la más cabal inteligencia, ya lo sé; pero también sé que yo he hecho todas estas cosas. Y permitidme deciros de pasada que los sueños fugitivos y rastreros de Diente Largo eran tan intensos para él como los sueños de caer en el espacio lo son para ti.