Antes de Adán
Antes de Adán
Oreja Caída y yo no hacíamos otra cosa que mantener unidos los dos leños. Estábamos entregados a nuestro destino, y no nos quedaba otro recurso sino permanecer inmóviles y resignados, hasta que advertirnos que la corriente nos arrastraba a lo largo de la orilla a más de treinta metros de tierra. Entonces nos pusimos a remar. En aquel sitio retrocedía la corriente, encaminando la marcha otra vez hacia la orilla Sur; pero como consecuencia de nuestra remadura la cruzarnos en el punto más rápido y estrecho, y antes de que nos diéramos cuenta tuvimos la suerte de hallarnos en un remanso que estaba completamente desviado de ella.
Lentamente fueron deslizándose los leños, y al fin atracaron cerca de la orilla sin ningún peligro. Oreja Caída y yo saltamos a tierra. Arrastrados aún, los leños salieron del remanso y siguieron el curso rápido de la corriente.
Miramos Oreja Caída y yo, ansiosamente, a uno y otro lado; pero no tuvimos ganas de reír. Estábamos en un país desconocido y no podíamos pensar en volver a nuestra tierra del mismo modo que habíamos venido a la extraña.