Antes de Adán
Antes de Adán Pasaron meses y más meses. Aún había de venir la futura tragedia de nuestra Horda y, mientras tanto, cascábamos nueces que nos servían de alimento. Recuerdo que fue un buen año de nueces. Podíamos llenar las calabazas y llevarlas atiborradas a los cascaderos. Colocábamos las nueces en las junturas de las rocas, golpeándolas con otra piedra, y una vez cascadas nos las íbamos comiendo.
Finalizaba el año cuando Oreja Caída y yo regresamos de nuestro largo viaje de aventuras. El invierno entrante fue muy benigno. Yo hacía de vez en cuando alguna que otra escapada a mi viejo hogar de los árboles y buscaba frecuentemente por todo el territorio que se extendía entre los pantanos y la desembocadura de la charca donde Oreja Caída y yo habíamos descubierto el arte de navegar; pero no pude encontrar en ninguna parte vestigios de Dulce Alegría. Había desaparecido. Yo la deseaba; me sentía impulsado por ese hambre a que antes aludía, muy semejante al hambre física, aun cuando se me despertaba después de tener bien lleno el estómago. Pero todas mis pesquisas fueron inútiles.
