Antes de Adán
Antes de Adán En los intervalos de nuestra algarabía, cada cual daba cabriolas, hucheaba, vociferaba y danzaba, bastándose a sí mismo lleno de sus propias voliciones y pensamientos como si fuera el centro del Universo divorciado de los otros seres, momentáneamente aislado de los demás centros que también saltaban y ululaban en torno a él. Luego seguiría el ritmo del palmoteo de las manos; el golpe de una estaca; el ejemplo de uno que saltaba a compás con las monótonas repeticiones, o el cántico de alguno que prorrumpía en una inflexión de la voz que ascendía y descendía con ritmo uniforme:
“¡A-bang, a-bang! ¡A-bang, a-bang!”
Uno tras otro, toda la muchedumbre de aquellos centros de sí mismos cederían ante aquél y pronto cantarían a coro:
“¡Ha-ah-ha-ah, ha-ah-ah!”
Que era uno de los coros favoritos: o bien este otro:
“¡Eh-uaj, eh-uaj, eh-uaj-haj!”