Antes de Adán

Antes de Adán

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Comprendí que había nacido en mí algo diferente a lo que sentí en aquellos pasados días, anteriores a nuestro viaje de aventuras. Yo la deseaba y ella lo sabía. Por eso no daba lugar a que me acercara. Me olvidé por completo de que ella era la ligereza misma y de que había sido mi maestra en el arte de trepar por las ramas. La perseguí de árbol en árbol y siempre me burlaba, mirándome después con sus bondadosos ojos, emitiendo sus dulces sonidos y danzando y columpiándose ante mí, pero fuera de mi alcance. Cuanto más se evadía, más ardientemente deseaba alcanzarla, y las sombras crecientes de la tarde fueron testigos de la inutilidad de mi esfuerzo.

Según la perseguía, o a veces, cuando descansaba en el árbol próximo, contemplándola, observé el cambio que en ella se había operado. Era más alta, más pesada, más crecida. Sus formas se habían redondeado, los músculos eran llenos y fuertes, y había en toda ella un algo inefable que me hablaba de madurez y plenitud nuevas e incitantes. Tres años por lo menos habían pasado por ella, y estos tres años habían dejado su sello. Digo que tres años, aunque no puedo precisar exactamente el tiempo; acaso pudo deslizarse otro año más, cuyos sucesos haya confundido yo con los de los otros tres. Cuanto más medito en ello, más claro me parece que habrían pasado ya cuatro años, por lo menos.


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